Rosa Almansa

Rosa Almansa. Historia Contemporánea

La Historia Universal Contemporánea es la historia de nuestras más inmediatas raíces y de nuestro presente más actual y cercano, todo en clave de un mundo concebible de forma cada vez más unitaria. Conocerla es imprescindible para orientarnos acerca de dónde venimos y sobre qué posibilidades tenemos abiertas para nuestro futuro. Y resulta además crucial para entendernos a nosotros mismos. Con la Revolución Francesa se hace explícito un nuevo tipo de hombre, una forma novedosa de entender la sociedad y las relaciones entre sus miembros. A partir de entonces, se abren vías inéditas de evolución, surgiendo nuevas tendencias que aspiran a superar las limitaciones que traía consigo aquel nuevo mundo, mientras que tratan de sobrevivir otras añorantes del pasado. Todo ello hasta llegar a nuestro convulso mundo actual, donde diversas tendencias pugnan por imponerse para marcar las vías de una humanidad que se juega su misma supervivencia.

Rosa Almansa


Mini Bio

Rosa María Almansa es Doctora en Historia Contemporánea por la Universidad de Córdoba. Su tesis doctoral versó sobre historia social agraria en la Córdoba de la Restauración, temática a la cual ha dedicado algunas otras publicaciones. Actualmente forma parte del Grupo de Investigación “Culturas, Religiones y Derechos humanos” de UNIR, dentro del cual se interesa por las problemáticas referentes al fundamento de los valores en las sociedades laicas. Asimismo, trabaja en el estudio de las raíces ideológicas de la crisis ecológica actual y su vinculación con las concepciones del trabajo y del propio ser humano.


Trabajos

Sobre la pretendida neutralidad de las Declaraciones Universales de Derechos Humanos

Una reflexión en el libro Religión y Derecho Internacional (2013).

«Cuando tratamos de bucear en el fundamento antropológico de las declaraciones contemporáneas de derechos (porque, si de algo no cabe duda, es de que existe un modelo de ser humano en el trasfondo de las mismas, al cual responden), llegamos a un terreno verdaderamente arduo. Precisamente porque se viene a dar por supuesto –especialmente en las formulaciones laicas o laicistas de raigambre postmoderna del tema- que el hombre no tiene identidad, argumento absolutamente crucial para tales posturas porque se pone como condición sine qua non de la libertad humana. Y he aquí que nos topamos con una interpretación que, lejos de su pretendida universalidad, tiene sin embargo unas señas de identidad muy concretas. En efecto, la idea del hombre como individuo aislado, desarraigado de un profundo sentido y lazos de comunidad, que se orienta en función de sus propios intereses –por los cuales se opone o se asocia convenientemente con otros hombres- que, por tanto, deja de compartir un fin común con los otros –avanzando, pues, hacia un sentido crecientemente personal o subjetivo de los valores-, estableciendo con sus congéneres poco más que normas de convivencia; ese modelo de hombre, digo, es el que nace y se desarrolla con el capitalismo, y madura plenamente con el hombre burgués que triunfa en la contemporaneidad.

Las grandes declaraciones de derechos de finales del siglo XVIII –aun con alusiones cristianas todavía presentes en ellas-, concebidas precisamente como un gran contrato (figura tan querida para la burguesía) social entre individuos llamados a realizar sus fines particulares (legítimos siempre que no contradigan lo establecido por la ley), son su máxima expresión jurídica. Los puntales de construcción de las nuevas sociedades liberal-burguesas que llegan hasta nuestros días. Resulta, pues, legítimo observar la actual Declaración de derechos de 1948, que se ha erigido como un auténtico decálogo ético de alcance prácticamente universal, a la luz de estos precedentes. ¿Cuáles son sus orígenes históricos? ¿Qué modelo humano sustenta? Atiéndase, por el momento, solo a unos pocos datos. Por ejemplo, al de que su patrón único y exclusivo de referencia es el individuo. Incluso cuando se refiere a personas cuyos países se ven sometidos a relaciones de colonialismo o dependencia, situaciones que, amparadas precisamente por las potencias redactoras del texto en ese año de 1948, parecen desvincularse –a la luz de su lectura- del mantenimiento de la dignidad de las mismas.»


¿Te apetece aprender con ella?





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