Javier Huerta Calvo

Foto de Javier Huerta

El Trabajo Fin de Máster es la culminación de tus estudios sobre esta materia. Pretendemos enseñarte a investigar. Sin la investigación no hay conocimiento posible. Tampoco en el mundo del teatro. Acostumbra decir el gran dramaturgo JOSÉ SANCHIS SINISTERRA que el teatro es fundamentalmente investigación. Lo es para el escritor, para el director, el actor y todos cuantos intervienen en el hecho teatral. Naturalmente, lo es también para el estudioso. El mismo Sanchis Sinisterra, al igual que JOSÉ LUIS ALONSO DE SANTOS o JUAN MAYORGA, por citar tres dramaturgos españoles vivos, son un ejemplo de la feliz combinación entre el espíritu de creación y la voluntad investigadora, pues los tres compatibilizan la escritura dramática con la teoría, la crítica, en suma, la reflexión sobre el hecho teatral.

Javier Huerta


Mini Bio

Desde que un viejo profesor del Instituto San Isidro de Madrid le inoculara el veneno del teatro en sus años de juventud, Javier Huerta ha venido dedicándose a él como profesor e investigador y últimamente, incluso, como escritor. Aprendió luego de don Francisco López Estrada, con cuyo magisterio tiene adquirida una deuda infinita. Durante algunos años fue catedrático en la Universidad de Ámsterdam y ahora lo es en la Complutense, donde ha dado vida a su criatura favorita, el Instituto del Teatro de Madrid. Lleva también mucho tiempo impulsando proyectos, tesinas, trabajos fin de máster y tesis doctorales (suman ya cerca de doscientos en conjunto). Cabalga a caballo del Siglo de Oro y de la contemporaneidad, las dos épocas más lustrosas de la escena española. Entre sus autores favoritos, que ha estudiado y editado, Cervantes, Lope, Calderón, Benavente, García Lorca, Buero Vallejo, Amestoy, Mayorga… Sin olvidar a los poetas: Leopoldo Panero, Antonio Colinas…


Trabajos

Fragmento sobre el Teatro

Del latín theatrum, y este del sustantivo griego Θέατρον ‘lugar de espectáculo’, derivado del verbo Θεάομαι, ‘ver, mirar, contemplar, observar’. Se trata del mismo étimo que ha dado el fr. théâtre, el ing. theatre o theater, el it. y el port. teatro, el cat. teatre, o el al. theater. En un principio se llamaba así solamente el lugar del graderío donde se instalaban los espectadores para ver la representación, que se efectuaba en la skéne o escenario.Después, por metonimia, se llamó teatro al conjunto del lugar o edificio de las representaciones. En la época romana el teatro seguía teniendo dos partes principales: la cavea, constituida por las gradas en las que se sentaban los espectadores, y la scaena, donde representaban los actores. En 1490 Alfonso de Palencia describe la scena como «casa fecha en el teatro con púlpito que se llama orchestra, donde cantauan los poetas cómicos et trágicos et los histriones, o momos, saludauan al pueblo» (Nuevo tesoro lexicográfico: X). El sema de carácter espacial es, pues, decisivo a la hora de aquilatar el significado del término: el teatro es, ante todo, un lugar al que se va a ver un espectáculo. Lo curioso es que este espectáculo, por sinécdoque, recibe también el nombre de teatro. Dicho de una manera simple pero exacta: al teatro se va para ver teatro. O también: el teatro como lugar es el continente del teatro en cuanto contenido. Este contenido  ‒el teatro como espectáculo‒ diferenciaría los teatros de otros recintos a los que también se iba a ver espectáculos no teatrales, así el amphitheatrum, en que se celebraban las exhibiciones de fieras y las luchas de gladiadores. El anfiteatro romano tenía forma circular  ‒como un circo actual o una plaza de toros‒  a diferencia del teatro, que tenía forma semicircular. Los dos términos se mezclan en la definición que de ellos da san Isidoro de Sevilla en sus Etimologías: «Teatro es el lugar en que se encuentra un escenario; tiene forma de semicírculo y en él todos los presentes observan. Su forma fue inicialmente circular, como el anfiteatro; después, de medio anfiteatro se hizo un teatro». Sin embargo, en el español de hoy un anfiteatro es un «local con gradas, generalmente en forma semicircular y destinado a actividades docentes» (DRAE), es decir, con forma de teatro griego o romano. Parece que, en un principio (siglos V y IV a.C.), los teatros eran pequeñas construcciones de madera. Más tarde se hicieron de piedra, sobre las laderas de alguna colina, como ocurre con el mítico teatro de Dionisos, levantado sobre el flanco sur de la Acrópolis, o también el no menos mítico de Epidauro, famoso por su magnífica acústica.


De doña Mencía de Acuña a Mencía la guardia civil: actualidad y actualización de la tragedia de honor, El personaje teatral: la mujer en las dramaturgias masculinas en los inicios del siglo XXI

Publicado en ed. J. Romera Castillo, Madrid, Visor, 2009, pp.101-113. 

En noviembre de 2007 tuve la oportunidad de ver un brillante y vibrante espectáculo a cargo de una joven compañía surgida de la RESAD, “Almaviva”: Los comendadores de Córdoba, una de las tragedias de honor menos conocidas de Lope de Vega. Los responsables del montaje –César Barlo y Antonio Sansano– habían incorporado, a modo de introito, una serie de noticias extraídas de la prensa sobre la llamada “violencia de género” o violencia machista: “La Policía Nacional ha detenido a un hombre que ha matado, presuntamente, de una puñalada a su novia, con la que llevaba saliendo un mes, en presencia de la hija del detenido”; “un hombre ha confesado esta mañana que estranguló ayer a su esposa en el domicilio que compartían”; “una mujer de cuarenta y dos años ha muerto hoy al ser apuñalada hasta en quince ocasiones con un punzón”, etc. Las noticias que, por desgracia, pueden actualizarse hasta hoy mismo, cumplían la función de situar a los espectadores ante una obra en la cual –como en tantas otras de nuestro repertorio clásico– las mujeres son víctimas, por unas u otras razones, de la violencia masculina, ya sean sus padres, sus hermanos, sus maridos o sus amantes. De nuevo el teatro, cumpliendo su función ancestral de speculum humanae vitae, cobraba rabiosa actualidad, tal como constataba Óscar Guedas en una crónica de urgencia titulada Lope de Vega y la violencia de género (Guedas, 2007).

El impecable montaje de “Almaviva”, demostrativo, por otro lado, de que para hacer buen teatro no es necesario ningún ostentoso capital detrás, no es un hecho excepcional en la dramaturgia de nuestros días. Se inscribe en un contexto de recepción de los clásicos que yo diría insólito en la historia de España, salvedad hecha de los años 30 (Huerta Calvo, 2006). Que los actores, directores y autores más jóvenes hayan perdido los complejos que, por la inercia de los tópicos, se habían ido transmitiendo por parte de las generaciones anteriores, tiene un doble valor. Un ejemplo de esas actitudes recalcitrantes respecto del teatro clásico que no me canso de repetir, por sus nefastas consecuencias, es el crítico Eduardo Haro Tecglen. Persona inteligente donde las haya pero de un sectarismo casi patológico, Haro desplegó su verbo ácido y autosuficiente en contra de la revaloración de los clásicos que, a partir de los años 80 acometieron tantos, con Adolfo Marsillach y la CNTC a la cabeza, y que él veía incompatibles con la España democrática. 


¿Te apetece aprender con él?





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