Adrián Pradier

Foto de Adrián Pradier

Siempre que leo un texto literario surgen en mi cabeza multitud de imágenes, sensaciones y afectos que podría articular bajo la unidad integradora de una atmósfera. La asignatura de Análisis Dramatúrgico y Crítica Textual nos da las claves para comenzar a «realizar» esa atmósfera, es decir, para que sea algo «real» y no sólo «ficticio», al tiempo que nos facilita las claves mínimas para interpretar y analizar, desde distintos horizontes de significación, un espectáculo teatral.

Adrián Pradier


Mini Bio

Adrián Pradier (Zaragoza, 1979) es doctor en Filosofía por la Universidad de Salamanca, especializado en Estética y Teoría de las Artes. Terminados sus estudios de doctorado gracias a la concesión de una beca de formación de personal investigador, se incorpora al equipo de la Escuela Superior de Arte Dramático de Castilla y León en 2006, donde imparte clases de Estética y Pensamiento Filosófico. Desde 2015 es también profesor del Máster Universitario de Estudios Avanzados de Teatro de la Universidad Internacional de La Rioja y coordinador académico del Título Propio de Máster en Creación Escénica de la Universidad de Salamanca.

Es miembro del Grupo de Investigación en Artes Escénicas (ARES) de UNIR, del equipo organizador de las Jornadas de Estética y Artes Teatrales, que se vienen celebrando en Valladolid desde el año 2008, así como miembro del consejo editorial de Factótum. Revista de Filosofía y coordinador, junto al Dr. Javier J. González, del Seminario Permanente de Arte y Humanidades de la ESADCyL.


Trabajos

Filosofía, estética y zombis 

Fragmento del estudio publicado en Esteban Ortega, J. & Enríquez Sánchez, J.M. (eds.). La muerte y sus imaginarios. Valladolid: Servicio de Publicaciones de la Universidad Europea Miguel de Cervantes.

ç[…], el zombi despierta siempre el temor fundamentalmente siniestro, señalado por Freud, de que los muertos se tornen «enemigo del sobreviviente» y se propongan «llevarlo consigo para estar acompañados en su nueva existencia» (FREUD 2008[1919], 28): los infectados han de vérselas con su propia muerte de forma inmediata, si no quieren convertirse en máquinas de matar. Esto, evidentemente, crea situaciones de pánico y de paranoia, muy valiosas desde el punto de vista dramático de las acciones. Aunque todavía más interesante es el temor que la situación apocalíptica de los zombis despierta en algunos individuos, un temor de volverse como «los malos» a los que se refiere el niño protagonista de The Road, es decir, a volverse peor que los propios zombis, a los que, en suma, no les queda más remedio que comportarse así, pues carecen de libertad para hacerlo de otra manera. En este sentido, la putrefacción de la carne asusta y da asco, pero la putrefacción de lo bueno que hay en nosotros horroriza y nos sitúa en el espanto hacia nosotros mismos. Así, el continuo enfrentamiento con tales criaturas, cuyos rostros encarnan tantas veces los rasgos del desconcierto y de la incomprensión, puede acabar desbastando las joyas mejor atesoradas de los protagonistas: su fe, su compasión y su esperanza. No le falta razón a Paffenroth cuando confirma que, «aparentemente, los zombis no son los únicos que han perdido sus almas» (PAFFENROTH 2011, 25).


¿Qué es un espectáculo?

Fragmento del estudio publicado en Factótum. Revista de Filosofía. 10 (2013): 1-22

El artista alemán Dirk Skreber intentó, en 2009, aislar el resultado de sendos accidentes de coche, ambos simulados en unas instalaciones de Ohio para testear vehículos automóviles. […] los expuso en una celebrada instalación, para lo que preparó dos columnas de acero en vertical, contra cada una de las cuales se empotraron y fijaron los dos vehículos, violentamente destrozados y elegidos para la ocasión: un Mitsubishi Eclipse Spyder rojo (Untitled. Crash 1) y un Hyundai Tiburón negro (Untitled. Crash 2). El resultado sirvió para concretar, icónicamente, lo que a su juicio era uno de los emblemas más bellos de nuestro tiempo. Estos ejemplos estarían mostrando la secuela de dos accidentes, lo que permite al espectador ejercitar su imaginación desde el contrapunto del silencio, la quietud y la extraña armonía de los volúmenes retorcidos de ambas propuestas, para llegar al ruido descomunal, pero siempre imaginado, de las carrocerías doblándose violentamente, el desorden del vuelo de los vehículos y las vueltas de campana, así como la aprensión producida por los inexistentes y, sin embargo, figurados ocupantes. No obstante, el propio concepto de instalación se aleja del de espectáculo, aunque el «acontecimiento accidente-de-tráfico» sea el leitmotif en sendas obras de arte.


Metafísica de la belleza y estética de la luz en Marsilio Ficino

Fragmento del estudio publicado en ActaLauris. (2013): 57-107.

La belleza sensible, en el modo de su des-cubrimiento, sitúa lo bello sensible como partícipe de la más alta Belleza, al igual que la «luz original» (lumen) remite a la «luz originaria» (lux). El mundo entonces se nos revela como el reflejo más apagado, el brillo más lejano, el espacio más alejado del rostro divino, que el espectador ansía, apetece y hacia el que tiende su propia alma, purificada tras su letargo. Toda la dignidad de la belleza sensible radica entonces en esa potencialidad para reflejar el rostro de Dios (vultus Dei), convirtiendo el mundo en una enorme «huella (μίμημα)» (Phil. Alex. De op. mun. 145-ss.), uno de los «trazos restantes (liniamenta reliqua)» «de los mismos pensamientos (ipsaeque cogitationes)» del autor (Plin. Vet. Hist. Nat. 11, 145). Vestigios de una actividad que señalan la ausente presencia de quien voluntariamente se vela al tiempo que procura adecuarse, en la medida de lo posible y permitido, al propio desvelo del buscador. La ausencia viene auspiciada por las propias dificultades del mundo sensible para acoger ese fulgor, actividad resplandeciente del rayo divino, lo que sólo permite su manifestación como epifanía simbólica de la propia acción divina. Este resplandor, como la esfera de luz proyectada por la lámpara, nos devuelve a su fuente, que queda, sin embargo, en una indefinida lejanía desplegada tras los límites oscuros, precisamente por exceso de iluminación, del más allá de la caverna.


¿Te apetece aprender con él?





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