Para qué sirve el cine

06

nov

Para qué sirve el cine. Fragmentos de celuloide

Cine

El arte. A quién puede interesarle el arte. Sostenía Gustave Flaubert que, de todas las mentiras, el arte es la menos mentirosa. Es enmarañado describir lo indescriptible: qué es el arte, para qué sirve. Lo único cierto, y ya es una ventaja tener alguna certeza, es que el arte es una expresión, una manifestación singularmente humana que nos distingue y, por lo tanto, también nos define. Difícil abjurar de aquello que nos pertenece y, sin embargo, son muchos los que todavía, más de veinticinco millones de años después, siguen negando la importancia del arte, de esa expresión vívida que certifica que el ser humano es algo más que instinto y mera animalidad. De nada sirve para ellos la pintura, la escultura, la fotografía o el cine, esa séptima y perfeccionada compilación de las demás artes.

El cine es más que un espectáculo

El cine es imagen-tiempo y también imagen-movimiento, célebre binomio de Gilles Deleuze que encuentra hoy, en el universo multimedia, más sentido que nunca. Ciertamente es movimiento y es tiempo, pero también es palabra, pensamiento, reflexión. Todo ello está relacionado en el cine y en él adquiere sentido. Por ello tiene razón el cineasta Sidney Lumet cuando admite que el cine “obliga al espectador a enfrentarse a su propia conciencia, a estimular su inteligencia”.

Porque el cine hace lo que ha de hacer, entretener, formar e informar, como cualquier medio de comunicación, aunque quizá la libertad de adscribirse a la ficción sea la que le permite retratar la realidad con mayor perspectiva, mayor alcance. “Solo alejándome del mundo de lo real puedo retratarlo con toda su riqueza”, me confesaba en cierta ocasión Gonzalo Suárez, cineasta español que, como Jean-Luc Godard, también considera que aun en la ficción, “el cine es la verdad veinticuatro veces por segundo”.

El cine es duda

Pero el cine también es refutación, y duda, y por lo tanto, regresando a Lumet, conciencia emergente. La tesis, antítesis y síntesis de la ontología dialéctica de Fichte, llega a la teoría cinematográfica con otros tantos directores que no dudan en confesar que el cine ya no es la verdad veinticuatro veces por segundo, sino “veinticuatro mentiras por segundo”, tal como sostiene Michael Haneke para hablar de su propia profesión.

 

Fotograma de La cinta blanca de Michael Haneke

 

Fotograma de La cinta blanca. Michael Haneke (2009)

Haneke pone el dedo en la llaga al señalar lo falso del arte, su naturaleza artificial; es cierto que el cine no es realidad, para ello ya existe el mundo, la res extensa de Descartes; pero sin el arte, sin el cine, no seríamos capaces de adentrarnos en la verdad, en la verdad de nuestro entorno, de nuestra mente, de nuestra sociedad. Lo rebatible, lo contrario, lo paradójico del universo está en el cine. Una película puede gustar o no, puede acertar o no, puede triunfar o no; pero siempre es la declaración explícita, un trabajo en equipo realizado con el sano y meritorio propósito de mostrar la realidad, de hacerla visible a los demás.

De los confines de la tierra nos alcanza lo universal del cine, aquello que aun siendo lejano, nos acerca los unos a los otros: el dolor en Abbas Kiarostami, el desamor en Wong Kar-Wai, la pobreza en Aki Kaurismäki, la soledad en Wim Wenders, se parecen al dolor, el desamor, la pobreza y la soledad en Roberto Rossellini, Woody Allen, Icíar Bollaín, Agnés Varda o Hirokazu Koreeda, aunque en este viaje interior hacia nuestras propias sombras hayamos recorrido Irán, China, Finlandia, Alemania, Italia, Estados Unidos, España, Francia o Japón. Encontrar en lo diferente un poco de nosotros mismos es un camino de no retorno que se revela fundamental en el cine, ese resultado misterioso hasta para el propio director, según Andrei Tarkovski, que lo convierte en un fenómeno verdaderamente estimulante. Se puede despreciar el cine, tal como puede hacerse con cualquier otro arte; pero lo intangible de su ser, su capacidad para crear vida a pesar de la vida, es lo que lo hace inmortal. El cine, ese “espejo pintado” de Ettore Scola que recrea la realidad para hacernos crecer como ciudadanos, nos ayuda adempero a crecer como personas. Imagino que esta es nuestra tarea como profesionales y como docentes, señalar el camino a una nueva realidad, inspirar la reflexión, incitar el pensamiento; pero como los hermanos Wachowski nos indicaron en The Matrix, nuestra labor se limita a mostrar la puerta: es el espectador con su propio juicio y su propia inteligencia, el que tarde o temprano, la tiene que atravesar.

Publicado por: Lucía Tello. Profesora en el Grado de Humanidades de UNIR


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Comentarios

Jon corcuera dice:

Maravilloso articulo!! Y hago una peticion uno que hable de las emociones en el cine. :)

María Gil dice:

Recogemos el guante, Jon. Estudiaremos hablar de cine y emociones.






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