Mi Gran Vía

20

nov

apaisada

Arte, Cine, Humanidades, Literatura, Periodismo, Viajes

Cuando éramos jóvenes llegábamos allí en metro, acompañando a nuestras madres a Galerías Preciados o a Sepu (Sociedad Española de Precios Únicos), “quién calcula compra en SEPU”, rezaba la publicidad. Esa especie de grandes almacenes americanizados donde uno pensaba se iba a encontrar con Doris Day. Hoy se puede revivir el origen del concepto de “gran almacén” en la serie de televisión Velvet.

Capitol

Mi padre nos paseaba en Navidad por aquellos perderderos y subíamos desde Cibeles hasta el edificio Capitol, donde nos invitaba en la cafetería Manila a merendar una Coca Cola y un sándwich mixto. Sí, recuerdo con nostalgia la iluminación, serpientes de bombillas, que abrazaban en espiral las altísimas farolas de Callao.

Ya más jovencitos nos adentrábamos las noches de invierno por aquellos vericuetos. Salíamos en los años ochenta cuando Madrid tenía un punto de peligro. La epidemia de heroína se llevó una generación de jóvenes. Gran Vía y sus calles aledañas resultaban algo inquietantes. Había que moverse con soltura por Chueca.

Los bares de Infantas, Vázquez de Mella, calle del Barco, etc… tenían su atractivo. En la calle Jardines, se encontraba el inolvidable El Sol, donde parábamos los noctámbulos a última hora. Pero ojo. Al lado, en las escaleras del Oratorio del Caballero de Gracia, sombras inquietantes. De espaldas, en la Gran Vía, el remate arquitectónico del ábside exhibe como una jiba las costillas de hormigón gris.

Normalmente el portero de El Sol dejaba pasar.

- “¡Hay bocatas!” decía el simpático vendedor de bocadillos de la puerta.

-“¡Bocatas para ponerse como Rambo!”

Luego resultó que era traficante. Un día se lo llevaron.

Al jovencito y bisoño, El Sol ejercía un atractivo sin par. No había nada igual en Madrid: una gran sala iluminada con luces de neón rosa y malva, atiborrada de gente de todo tipo. Solo faltaba la orquesta de Cugat y Rita Hayworth cantando Put the blame on me.

Y el frío de la madrugada de Madrid, “que mata a un hombre y no apaga un candil”.

La zona de Callao-Red de San Luis siempre ha tenido su punto terminal, de estación-fin-de-trayecto.

El edificio de Telefónica es una mole de granito pesada. Sin embargo, algunos atardeceres de junio, cuando la luz de poniente incide con su filo cadmio, vista desde la Iglesia de San José, resulta esbelta, incluso elegante.

Los cines de Gran Vía, con esos pomposos nombres de casino de pueblo, Palacio de la Prensa, Palacio de la Música, Coliseum… siempre me han chocado. Quizá por lo usado de las moquetas y lo sobado de los apliques de los palcos. Olor a ambientador “Ambipur” de aroma de pino. Cinco duritos de propi y el acomodador encantado. Allí vimos Rocky, Tiburón y Superman. No en vano es el Broadway madrileño.

El tramo que baja hasta Plaza de España con esos rascacielos tipo Sao Paulo, recuerdan mucho a la Avenida Paulista.

Mucho más tarde nos enteramos de que aquellos edificios tenían valor arquitectónico, incluso artístico. Nos suenan los apellidos de los arquitectos que construyeron todo aquello, Palacios, Zuazo, Muguruza, Quadra Salcedo

Ya de mayorcito me he reencontrado con la Gran Vía. La paseo con asiduidad y admiro sus fachadas, promesa de relieves, medallones, estípites y estatuas admirables. Me resultan muy estéticas las cuádrigas del Círculo de Bellas Artes, en la vecina calle Alcalá y el, ave fénix del edifico Metrópolis. También las balaustradas, capiteles, frontones…

Para mí, hoy, el eje Puerta de Alcalá-Cibeles-Gran Vía es el paseo más airoso que uno pueda hacer en una de las ciudades más bellas de Europa: Madrid.

Paseo Arquitectónico por la Gran Vía: 3 de diciembre, a las 18 h. 

 

 

Publicado por: Iñigo López de Uralde


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Comentarios

Jorge dice:

¡Gran artículo! Me encantaría poder dar el paseo el 3 de diciembre, pero no estaré en Madrid. Curioso como la Gran Vía va cambiando, pero sigue siendo un referente para los madrileños, generación tras generación.






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