Me preguntan por la poesía

21

mar

poesía

Cultura, Humanidades, Literatura

¿Me preguntan por la poesía? ¿Me lo preguntan a mí, que apenas la escribo? ¿A mí, que estoy como ustedes, escalando la duda infinita de las cosas? Ya sé, ya sé: quizá por estar todos en el mismo barco podamos arreglárnoslas para llegar a puerto, pero me gustaría ser faro, ya me entienden, y no sé por qué vienen aquí a preguntarme.

Qué les voy a decir, sino repetirles aquello de que la poesía consiste en “el hallazgo de la palabra nueva”, que dijera Antonio Colinas. O que “la poesía no es más que oración”, en frase de ese admirable ateo de León Felipe. O, si se me da decirlo porque estoy especialmente lírico, o porque he dormido poco, que “poesía eres tú”, que ya saben quién lo dijo. Pero no puedo hacer más que repetir palabras de otros, tan bonitas que dan ganas de enmarcarlas o ponerlas en las cuentas de un collar. ¿Cómo voy a superar la definición de Sánchez Mazas: “La poesía se reduce a llamar divinas a las cosas, a buscarlas queriendo sin querer su destello de divinidad, su partícula celeste, su razón inexplicable de amor”?

Yo no sé qué es la poesía. Pero qué importa. Quiero decir, que, si somos estrictos, lo único que tenemos es un montón de gente que pasó por el pasado diciendo que lo que él o ella escribía era poesía. De manera que poeta ha sido todo aquel que decía serlo, y así es como ha ido acumulando su significado el término en cuestión. La mayoría coincidía en escribir quedándose a mitad de línea, y le llamaban verso. Hace cien años llegaron otros y dijeron que aquello del verso no era esencial para el poema, sino un tipo de palabra que era la palabra “poética”, respuesta que aún me sorprende por lo que tiene de tautológico.

Pero vaya, este no es el último problema. Muchos piensan que el tema tratado también debe guardar relación, y por eso niegan la condición de poesía a muchos versos de circunstancias del siglo ilustrado (que no es este), o por lo menos los consideran de baja calidad; pocos actualmente aceptarán como poesía una noticia puesta en verso, mal que nos pese. ¿Importa la rima? ¿Qué es lo que diferencia el lenguaje poético del coloquial? ¿Por qué no vale el coloquial? ¿O por qué vale el coloquial si se pone en verso? ¿Entonces, importa el verso o no? ¿Aceptamos la poesía visual? ¿Por qué se dice “escribir poesía”, como si la poesía fuera algo que existiese antes de escribirla? ¿Hay poesía oral? ¿En qué consiste eso de que el ritmo es para el verso lo que la sintaxis para la prosa? ¿Para qué sirve la poesía, si sirve para algo?

 

Libro día del profesor

Deberíamos olvidarnos de todo lo que sabemos o creemos saber. Desechar todo lo que han llamado poesía, incluso del mismo término “poesía”, que no significa lo que tiene que significar ahora, sino lo que ha significado hasta ahora. Dejemos la poesía y vayamos solo a la palabra. Hagamos las presentaciones protocolarias: fulano, la palabra; la palabra, fulano. No sabemos nada de ella. Solo que nos comunica; quizá que pensamos con ella. Pero todavía ignoramos que es inventora de profesión.

Cuando miramos el mundo, al tocarlo con los ojos nos damos cuenta de que creemos conocerlo. Creemos saber con exactitud qué es cada cosa; la ciencia nos lo enseña. Pero lo que es más terrible, creemos saber que cada cosa es una sola cosa, que los entes son unívocos, objetivos, tienen un solo orden, una sola interpretación; la ciencia nos lo enseña. Pero la palabra demuestra otras cosas: muestra el mundo desde otros ángulos, descubre que la naturaleza es polifacética, es arcilla, potencialidad. La palabra bien usada moldea el mundo, le da nombre, recrea lo que no estaba del todo hecho.

No quiero saber qué fue un poeta. Lo que digo es que hoy por hoy se necesitan buenos utilizadores de la palabra creadora, que nos amplíen esa mirada cerril que tenemos sobre el mundo. Queremos que nos den una mirada nueva, que seamos capaces de ver otros mundos en el mundo. ¿Para quién su mujer o su marido es simplemente un sistema de células? ¿Para quién su madre es un “animal hembra que le ha concebido”? Nada más irreal, más alejado de la verdad que la ciencia.

Se hace preciso ampliar la definición de las cosas, que venga alguien y mire sin prejuicios, sin convenciones, y haga que las cosas sean lo que él quiera. Esos ojos adánicos, de bebé, que la vanguardia reclamó, quién los tuviera para conocer en lugar de asimilar. Cuando Borges me dice que “en el prado relinchan los luceros”, ¡caramba!, se me abren los ojos: ¡yo no sabía que las estrellas relinchasen!; las palabras me lo enseñan, no la ciencia. Me enseñan que el mundo es ni más ni menos lo que nosotros hagamos con él. Y el vínculo para dominarlo, lo que nos conecta con los objetos, es la palabra. Cada palabra tiene atada a sí el conjunto de sus referentes, y nosotros, al desplazarla, al manipularla, al relacionarla con otras, estamos desplazando entes del mundo, estamos definiendo mundos, creándolos.

 

libro con pluma estilográfica

Que los que tengan tiempo que perder sigan peleándose entre ellos para saber si importa o no la rima, el verso o el beso en el poema. Yo deserto. Cuando Álvaro Mutis redactó en 2002 su “Manifiesto contra la muerte del espíritu”  tal vez insistió poco en que la falta de sentido de las vidas puede deberse también a la planitud de la realidad, al materialismo cognitivo que se limita a ofrecernos un paisaje en dos dimensiones, olvidando la relación con el hombre (la subjetividad) de los objetos, que viene a ser la tercera dimensión.

La realidad no es sino vista a través de los ojos de un sujeto; o en cualquier caso, si existe lo nouménico, no nos importa, allá ello. La ciencia se empeña en mostrarnos lo que no percibimos. Pero alguien debería mostrarnos lo que podríamos percibir, las múltiples posibilidades de lo real.

Cada vez me parece más claro que esta es la función de la palabra y de los usuarios de ella. Por eso desde aquí les digo a todos ustedes que me han preguntado por la poesía: no les importe, no se remitan a discusiones que no tienen cabida en la actualidad; y, si escriben ustedes, no sigan psicoanalizándose, volviendo la palabra a la miserable función de describir su psiquismo de ustedes; no sean egocéntricos. Ahora hacen falta dioses huidobrianos, dioses que salen de sí mismos y con la palabra hacen; no la vierten sobre lo existente para comprenderlo, describirlo u otras acciones indecentes, sino que la vierten sobre lo inexistente para darle vida. Hacen el amor con las palabras y dan a luz nuevos mundos. Porque el mundo está embarazado de sus mismas posibilidades. Y porque la palabra es la luz del mundo.

Publicado por: Ignacio Ceballos Viro, profesor de seminarios en UNIR Escuela de Humanidades.


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