La fina arista del razonamiento

15

jun

blog may fair

Arte, Cine, Comunicación, Educación, Literatura

My fair Lady -Mi bella dama en Argentina y Chile-, es un inolvidable musical de George Cukor, con Rex Harrison y Audrey Hepburn, estrenado en 1964, que ganó la impresionante lista de 8 Premios Óscar, 3 Globos de Oro, 2 Premios Bafta, el Premio David de Donatello y el Premio del Círculo de Escritores Cinematográficos de España a la mejor película extranjera. Las cuidadas escenas en el mercado londinense, de las carreras de caballos o el vals de Palacio, verdaderas piezas de diseño cinematográfico, realmente los merecen. Está basada en la obra de teatro Pigmalión de George Bernard Shaw, que cuenta la historia de la humilde Eliza Doolittle, una muchacha que se dedica a vender flores en Covent Garden y aspira a conseguir un trabajo en una floristería, para el cual necesita hablar un inglés mejor que su cockney originario, hecho de “ow” y de “garn”, en un momento en el que el hablar mejor o peor realmente iba ligado al nivel social e influía muy directamente en las categorías laborales.

De modo que acude al Profesor Henry Higgings, con quien ha tenido un encontronazo al salir éste de la Ópera, para que él le enseñe a hablar mejor y así poder conseguir un trabajo de mayor relevancia.

El Profesor Higgins, gruñón y algo déspota, pero con la increíble habilidad de hacer una “radiografía geográfica” de cualquiera solo con escuchar su acento, acepta la apuesta del bondadoso Coronel Pickering, todo un Englishman de refinados modales y que se ha dedicado a estudiar de los dialectos de la India. Y he aquí que Eliza se somete a un “experimento fonético”, pues el Profesor Higgins piensa que la forma de hablar determina el puesto social de cada uno y se propone hacerla pasar por gran dama en el baile anual en el Palacio de Buckingham, ante el parecer de la exigente nobleza.

De modo que las casi tres horas de película, con su repertorio de pegadizas canciones, muestra los esfuerzos de la florista, que dice “missus” en vez de “Mrs.”, “absobloominlutely”, en vez de “absolutely” o “’Artford, ‘Ereford y ‘Ampshire” y “’Enry ‘Iggins” en vez de los más finos “Hartford, Hereford y Hampshire” o “Henry Higgins”; y somos también testigos de sus pequeños deseos de venganza, como muestra la canción “Just you wait”, que termina tan cómicamente, con el profesor pronunciando enfáticamente las vocales, cosa que la muchacha no sabe hacer. Todo eso hasta que una noche, a las tres de la mañana y cuando todos están con dolor de cabeza, es capaz de decir con un acento perfectamente british “The rain in Spain stays mainly in the plain”, que da origen a otra canción con resonancias (y gestos) andaluces. Una canción que curiosamente se tradujo en español como “La lluvia en Sevilla es una maravilla”, sin duda como ejemplo de frase redonda, que tiene en cuenta la manera “fina” de pronunciar la ll en español, pero que pierde la cadencia del texto inglés.

Eliza, desde entonces, no solo es capaz de hablar bien, sino que sus modales y su manera de pensar se van ajustando a este refinamiento. De modo que hace realidad la teoría inicial del listo aunque rudo profesor: “The majesty and grandeur of the English language it’s the greatest possesion we have. The noblest thoughts that ever flowed through the hearts of men are contained in its extraordinary, imaginative and musical mixtures of sounds. What could possible matter more than to take a human being and change her into a different human being by creating a new speech for her?”. Es decir, al enseñar a Eliza a hablar bien, es consciente de que le está enseñando a ser otra; a ser, quizá, más ella misma. Claro que Higgins nos es mostrado  al principio como un ser un tanto desalmado, que se pregunta en el fondo por qué las mujeres no pueden ser tan razonables y directas como los hombres. Pero lo cierto es que la cuestión planteada por su “experimento fonético” es del mayor interés, pues nos hace preguntarnos en el fondo: ¿puede una mejor instalación en la lengua hacer que seamos humanamente mejores, esto es, más capaces de comportarnos de un modo personal?

No es ‘Enry ‘Iggins el único que piensa esto. Otro profesor, en este caso de Metafísica, muestra en su genial libro La rebelión de las masas -libro que debería haberse titulado más bien Ensayo de serenidad en medio de la tormenta, como señaló el propio Ortega y Gasset en su “Prólogo para franceses”- el caso contrario: qué pasa cuando de una instalación madura y adecuada en la lengua se pasa a no tenerla. Si el caso de Eliza es ascendente, el que sigue es descendente. La situación real ocurrió en el momento en el que se estaba produciendo la desintegración del Imperio Romano, cuando se hizo común un tipo de hombre de mente tosca, incapaz de estar alerta ante la realidad y de abrirse a ella. Este tipo de hombre parecía haberse vuelto estúpido y hablaba con un latín vulgar, extremadamente simplificado, que -dice Ortega- “no permite la fina arista del razonamiento”.

¿La arista? ¿Y qué es una arista? Es el lugar de intersección de dos planos; en lenguaje cotidiano, el borde o filo de las cosas. Es decir, ese latín degenerado, pavorosamente igual desde la Galia hasta la Dacia, mostraba que era la vida humana la que había degenerado, la que se había vaciado de todo contenido personal y por eso se caracterizaba por la uniformidad. Así, habla el filósofo de “vidas evacuadas de sí mismas” y carentes de intimidad. Una lengua, pues, incapaz de expresar agudeza mental. Una lengua que volvía primitivos a los hombres porque no les permitía razonar ni apreciar los múltiples matices de la realidad. Sabemos por la historia que después vinieron varios siglos de decadencia efectiva en Occidente, pero que esto no fue definitivo. Si Henry Higgings hubiera intentado hacer su radiografía fonética, podríamos decir que habría sido muy aburrido, porque no hubiese podido captar ningún matiz, ni ninguna historia personal detrás de la manera de hablar: se hablaba igual (de mal) en todo el Imperio.

Lo siguiente que cabría preguntarse es qué lenguas son las que sí permiten un pensamiento complejo y capaz de expresar una vida propiamente humana. El Profesor Higgins afirma del inglés, además de lo dicho, que es “the language of Shakespeare, Milton and the Bible” y que “An Englishman’ way of speaking absolutely classifies him”. Es decir, dos asuntos diferentes pero complementarios: la lengua es un asunto histórico, que se ha pulido con grandes escritores y traductores. Y, aunque cada persona individual tiene este repertorio a su disposición, su manera particular de hablar depende de la propia voluntad, revelando esta cómo es la calidad humana de quien habla.

¿Es el español una lengua “con arista intelectual”? Sí condicional. Esto es: sí, si se quiere. Cuando, por ejemplo, en su obra Napoleón en Chamartín, uno de los Episodios Nacionales de la primera serie, se refiere Pérez Galdós al azote de Europa en los comienzos del siglo XIX como “Napoladrón”, “el córcego” o “el Caco Imperial”, dado que se había dedicado a esquilmar a todos sus vecinos continentales, revela sin duda que el español tiene esa capacidad y además, que la arista puede ser, sin ser vulgar, ingeniosa.

Publicado por: Nieves Gómez Álvarez. Doctora en Filosofía


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