El cerebro convierte la psicología en biología

16

abr

Madre e hija en un coche con los brazos extendidos al viento

Educación

La alegría de vivir, la motivación y el empeño por tratar de conseguir una meta no surgen en el ser humano de modo espontáneo. Uno de los equívocos más persistentes y fatales de nuestro tiempo consiste en pensar que los niños y los adolescentes son algo así como autómatas biológicos cuyo desarrollo dependería casi exclusivamente de sus genes. Esta idea justificaría fácilmente – así siguen pensando muchos-, que el niño, por estar genéticamente “bien dotado”, pudiese adquirir a muy temprana edad y sin mayores esfuerzos, grandes competencias cognitivas y emocionales. Los nuevos conocimientos de la Neurobiología nos dicen que la actividad de los genes, por ser buenos comunicadores y buenos cooperadores, depende de las señales que van recibiendo constantemente, minuto a minuto, mientras viva un organismo.

No hace mucho tiempo que se descubrieron en el cerebro los sistemas neurobiológicos motivacionales cuyas neuronas producen un cocktail vital de sustancias mensajeras gratificantes: dopamina, opiáceos y oxitocina. También se conocen con el nombre de hormonas de la felicidad y contribuyen a superar los retos de la vida con entusiasmo. Pero la secreción de estas sustancias depende en gran medida de las relaciones humanas logradas que establecen los niños con sus padres, profesores, tutores y amigos. Si los padres y otras personas encargadas del buen desarrollo y de la buena educación del niño se interesan de verdad por ellos, se genera una respuesta más fácil al porqué de su actuar, se genera también un sentido profundo por el que vale la pena esforzarse. Por el contrario si no se les presta atención, no solamente no se motivan convenientemente, sino que les faltará incluso aquello que es elemental para su sano desarrollo.

Los recientes estudios de Neurobiología nos han demostrado (Joachim Bauer) que el buen funcionamiento del sistema motivacional viene dado por el interés, el reconocimiento social y la estima personal que se les muestra a los niños. El cerebro convierte las sensaciones anímicas en biología. La psicología se convierte en biología. Las discriminaciones y marginaciones bloquean los genes en la región del sistema motivacional. Por el contrario, el reconocimiento y la estima producen una activación de estos sistemas. Lo dicho no quiere decir que haya que mimar a los niños. Precisamente por el hecho de que buscan el reconocimiento hay que explicarles acerca de aquello que se espera de ellos. Pero ¿qué ocurre si no se activan los sistemas motivacionales por no interesarse de verdad por el niño? El cuerpo pronto se buscará sucedáneos que engañan al sistema motivacional. Es lo que ocurre con aquellos niños que viven en un mundo de los videojuegos donde ellos son los protagonistas. Consiguen las hormonas de la felicidad pero destruyendo para ello las neuronas del sistema motivacional. Compensaciones de este tipo pueden destruir la vida de un niño y por supuesto también la de un adulto. El motivo para ello es que en el caso de buscar con verdadera hambre compensaciones y adiciones, la liberación de las sustancias mensajeras lleva en la vida real de una persona no a una motivación sino a la apatía. A partir de entonces el niño se buscará una dosis cada vez más elevada de compensaciones deslizándose incluso en peligros mayores como son las drogas. Toda adición se sirve de los sistemas motivacionales del cerebro pero destruyendo la verdadera motivación.

Así como los niños son percibidos por sus padres y por sus profesores, así pueden captar ellos mismos no solamente quienes son, sino sobre todo también en qué consisten sus posibilidades de desarrollo. Aquí juegan un papel central los ejemplos, personas dignas de imitar como referentes para la actuación de los niños. Personas que saben lanzar verdaderas chispas que pueden arder con su irradiación; personas que debido a su vida coherente puedan invitar fácilmente a la imitación, y esto, a pesar de tener también sus defectos. De este modo se producirá una resonancia que tendrá lugar entre la madre y el hijo, entre el profesor y el alumno; son las neuronas espejo que se activan y que saltan como por magia, así como entre enamorados, del uno al otro y de este modo se transmite fácilmente curiosidad pasional y entusiasmo.

Sigue descubriendo más en el Seminario Educación y neurobiología: el arte de potenciar el talento de la Escuela de Humanidades UNIR.

Publicado por: Alfred Sonnenfeld. Catedrático de UNIR. Doctor en Medicina y Teología.


Deja un comentario

Nombre *

Correo electrónico*

Escribe aquí tu comentario


Comentarios






Back to top