Abreviando, por favor

26

mar

abreviando

General, Humanidades, Literatura

No es extraño que en los tiempos que corren (que más bien vuelan) se haya ido haciendo hueco (pequeño, pero preciso) la microliteratura. Todo es velocidad, urgencia, ruido. No hay minutos, faltan horas. Y sin embargo en un tren, en un semáforo, en el vagón atestado de Metro podemos vivir una experiencia literaria completa, plena: leer un microrrelato.

El microrrelato es un artefacto sintético y sutil. Cuando es bueno, funciona como un golpe, en el mejor sentido de la palabra. Es capaz de dejarte K.O. en diez segundos, de sembrar una duda, inquietud, de dibujar una sonrisa, despertar una emoción dormida, e incluso, aunque parezca increíble, de hacerte pensar.

Lo breve universal ha existido (casi) siempre. Un aforismo, una máxima, una sentencia, una greguería, un refrán. Pero el microrrelato deviene género literario al rato de ser vanguardia. Será difícil establecer cuándo nace y cuáles son sus fronteras, pero fácil identificarlo con la ajetreada vida contemporánea, la de la inmediatez, los 140 caracteres y la prisa.

Blog Microrrelatos. Foto reloj antiguo en blanco y negro.

El microrrelato no es chiste aunque tenga humor, ni cuento, ni verso, por mucho que algunos estén cargados de poesía. Es una pieza que se resuelve con una idea. Con algo que no ocurre, sino que se le ocurre al autor, como establece Dolores M. Koch en un interesante artículo que propone recursos para lograr la brevedad en el relato.

Una experta, Francisca Noguerol Jiménez, afirma que “la minificción se “categoriza” como nueva forma literaria en los años sesenta, cobrando especial auge en los setenta y ochenta, para llegar a nuestros días con enorme vitalidad. El establecimiento del “canon” del microrrelato es paralelo, por consiguiente, a la formalización estética posmoderna”.

Cultivadores del microrrelato han sido escritores (algunos pertenecen al olimpo literario) de los dos lados del charco: Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Oliverio Girondo, Ramón Gómez de la Serna, Juan Ramón Jiménez, Marco Denevi, José María Merino, Luis Mateo Díez, Ana María Shua… por citar a unos pocos.

Siempre hay early adopters, de lo literario como de todo. Entendidos a la última en esto de la mini escritura. Pero el mundo, así, en bruto, se levantó un día estremecido por el microrrelato de Augusto Monterroso:

“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.

Todavía. Ay.

Es tan breve y tan certero que hasta un informativo de televisión pudo reproducirlo sin que el editor/a advirtiera que literatura (y de la buena) se había colado en las noticias.

Su brevedad es una aliada para hacer un arbitrario compendio. Me da tiempo a poner unos cuantos en este post sin aburrir demasiado al respetable. Ahí va una muestra del poder de lo mínimo:

Le régret d´Heraclite

Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca aquél en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach.

Jorge Luis Borges

Viajero aparente

El itinerario del aperitivo no fue como todos los días. Al encontrarse con él, muchos mostraban gran regocijo, le felicitaban por su regreso, se alegraban de volver a tenerlo entre ellos. Bienvenido, Ramiro, ya era hora de que volvieses, bienvenido, te habías ido demasiado lejos, le invitaban, un bar después de otro, Ramiro ha vuelto, decían, esto hay que celebrarlo. Bebió de más, y cuando después de despedirse se fue a su casa para almorzar, con bastante retraso, caminaba inseguro y tenía mucha confusión en la cabeza, pero no tanta como para no saber que nunca había salido de aquella ciudad y que no se llamaba Ramiro.

José María Merino

Blog Microrrelatos. Pies y sombras bailan tango

Calidad y cantidad

No se enamoró de ella, sino de su sombra. La iba a visitar al alba, cuando su amada era más larga.

Alejandro Jodorowski

La partida

Ordené que trajeran mi caballo del establo. El sirviente no entendió mis órdenes. Así que fui al establo yo mismo, le puse silla a mi caballo, y lo monté. A la distancia escuché el sonido de una trompeta, y le pregunté al sirviente qué significaba. Él no sabía nada, y escuchó nada. En el portal me detuvo y preguntó: “¿Adónde va el patrón?” “No lo sé”, le dije, “simplemente fuera de aquí, simplemente fuera de aquí. Fuera de aquí, nada más, es la única manera en que puedo alcanzar mi meta”. “¿Así que usted conoce su meta?”, preguntó. “Sí”, repliqué, “te lo acabo de decir. Fuera de aquí, esa es mi meta”.

Franz Kafka

Cuento de horror 

La mujer que amé se ha convertido en fantasma. Yo soy el lugar de sus apariciones.

Juan José Arreola

Hablaba y hablama

Hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba. Y venga hablar. Yo soy una mujer de mi casa. Pero aquella criada gorda no hacía más que hablar, y hablar, y hablar. Estuviera yo donde estuviera, venía y empezaba a hablar. Hablaba de todo y de cualquier cosa, lo mismo le daba. ¿Despedirla por eso? Hubiera tenido que pagarle sus tres meses. Además hubiese sido muy capaz de echarme mal de ojo. Hasta en el baño: que si esto, que si aquello, que si lo de más allá. Le metí la toalla en la boca para que se callara. No murió de eso, sino de no hablar: se le reventaron las palabras por dentro.

Max Aub

Despecho

A Violeta le sobran esos dos kilos que yo necesito para enamorarme de su cuerpo. A mí, en cambio, me sobran siempre esas dos palabras que ella necesitaría dejar de oír para empezar a quererme.

Andrés Neuman

Continuidad de los parques

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.

Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

Julio Cortázar

Blog Microrrelatos. Pozo antiguo

El pozo

Mi hermano Alberto cayó al pozo cuando tenía cinco años. Fue una de esas tragedias familiares que sólo alivian el tiempo y la circunstancia de la familia numerosa. Veinte años después mi hermano Eloy sacaba agua un día de aquel pozo al que nadie jamás había vuelto a asomarse. En el caldero descubrió una pequeña botella con un papel en el interior. “Este es un mundo como otro cualquiera”, decía el mensaje.

Luis Mateo Díez

King Kong

La consigna era salvar a la muchacha a toda costa. El gran mono la había atrapado y luego se encaramó a la cima del rascacielos. Me aproximé con el biplano y apunté cuidadosamente. Cuando se precipitó hacia abajo, pude ver que tenía un amasijo sangriento en la manaza. No pretenderán hacerme creer que un monstruo así puede desnudar a una mujer con la misma facilidad con que pela un plátano.

Javier de Navascués

¿Qué tal para ir abriendo boca? Para orquestar el banquete completo, tenemos el maître ideal: el experto Javier de Navascués, profesor de Literatura Hispánica y Teoría de la Literatura en la Universidad de Navarra y autor del libro de microrrelatos Wikipedia (y otros monstruos). Su Taller online de Microrrelatos empieza el 4 de mayo. Deprisa.

Publicado por: María Gil. Escuela de Humanidades de UNIR


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